
Desde Hinchas Castilla queremos felicitar a los compañeros y a las compañeras de Galiza

Como América Latina, África exporta mano de obra y pie de obra.
• Insólita fue la mejor atajada del torneo. No fue obra de un golero, sino de un goleador. El atacante uruguayo Luis Suárez detuvo con las dos manos, en la línea del gol, una pelota que hubiera dejado a su país fuera de la Copa. Y gracias a ese acto de patriótica locura, él fue expulsado, pero Uruguay no.
• Insólito fue el viaje de Uruguay, desde los abajos hasta los arribas. Nuestro país, que había entrado al Mundial en el último lugar, a duras penas, tras una difícil clasificación, jugó dignamente, sin rendirse nunca, y llegó a ser uno de los mejores. Algunos cardiólogos nos advirtieron, desde la prensa, que el exceso de felicidad puede ser peligroso para la salud. Numerosos uruguayos, que parecíamos condenados a morir de aburrimiento, celebramos ese riesgo, y las calles del país fueron una fiesta. Al fin y al cabo el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.
Terminamos ocupando el cuarto puesto, que no está tan mal para el único país que pudo evitar que este Mundial terminara siendo nada más que una Eurocopa. Y no fue casual que Diego Forlán fuera elegido mejor jugador del torneo.
• Insólito fue que el campeón y el subcampeón del Mundial anterior volvieron a casa sin abrir las maletas.
En el año 2006, Italia y Francia se habían encontrado en el partido final. Ahora se encontraron en la puerta de salida del aeropuerto. En Italia, se multiplicaron las voces críticas de un futbol jugado para impedir que el rival juegue. En Francia, el desastre provocó una crisis política y encendió las furias racistas, porque habían sido negros casi todos los jugadores que cantaron la Marsellesa en Sudáfrica.
Otros favoritos, como Inglaterra, tampoco duraron mucho. Brasil y Argentina sufrieron crueles baños de humildad. Medio siglo antes, la selección argentina había recibido una lluvia de monedas cuando regresó de un Mundial desastroso, pero esta vez fue bienvenida por una abrazadora multitud que cree en cosas más importantes que el éxito o el fracaso.
• Insólito fue que faltaran a la cita las superestrellas más anunciadas y más esperadas. Lionel Messi quiso estar, hizo lo que pudo, y algo se vio. Y dicen que Cristiano Ronaldo estuvo, pero nadie lo vio: quizás estaba demasiado ocupado en verse.
• Insólito fue que una nueva estrella, inesperada, surgiera de la profundidad de los mares y se elevara a lo más alto del firmamento futbolero. Es un pulpo que vive en un acuario de Alemania, desde donde formula sus profecías. Se llama Paul, pero bien podría llamarse Pulpodamus.
Antes de cada partido del Mundial, le daban a elegir entre los mejillones que llevaban las banderas de los dos rivales. Él comía los mejillones del vencedor, y no se equivocaba.
El oráculo octópodo influyó decisivamente sobre las apuestas, fue escuchado en el mundo entero con religiosa reverencia, fue odiado y amado, y hasta calumniado por algunos resentidos como yo, que llegamos a sospechar, sin pruebas, que el pulpo era un corrupto.
• Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el futbol ni en la vida.
España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial de futbol.
Casi un siglo esperando.
El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su futbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta.
Él prueba que a veces, en el reino mágico del futbol, la justicia existe.
* * *
Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía: Cerrado por futbol.
Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado 64 partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido.
Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia.
Ya empiezo a extrañar la insoportable letanía de las vuvuzelas, la emoción de los goles no aptos para cardiacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas en cámara lenta. Y también la fiesta y el luto, porque a veces el futbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de ésas que hacen bailar a los muertos suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.
Eduardo Galeano

¡Que la llama nunca se apague!
La peor de las pesadillas imaginables se ha hecho realidad. La selección de lo que queda del Imperio español ha ganado un mundial. El tiempo retrocede y los nacionales vuelven a salir a las calles. Vascos sin conciencia de nación, obreros sin conciencia de clase, burguesía vasco-española, inmigrantes ibéricos ejerciendo de colonos o inmigrantes del mundo que no perciben que viven en Euskalherria han salido a pasear con júbilo la rojigualda bandera del fascio.
El fútbol solo es un deporte y renegar de él tachándolo de ser el opio del pueblo es una actitud facilona, progre en el peor sentido y dogmática. Despreciar a las masas que lo siguen es entregarlas a las manos de la reacción. El opinador de Gara, Fede de los Rios, es un ejemplo de prepotencia y desprecio a las masas. El día de la maldita final Fede escribía:
“Cuando los héroes de los niños corren tras un balón y por eso son héroes, no es de extrañar que la inteligencia, esa capacidad de diseñar estrategias para la resolución de problemas, véase cada día más disminuida entre la especie humana.”
Quizás los niños de Fede en vez de hacer la colección de cromos y mirar como héroes a los futbolistas, leen El Capital y admiran a Lenin por el éxito bolchevique (¡ja!). La realidad es que los niños buscan ídolos y los adultos sobreviven. La masa curra, come, caga, folla, paga la hipoteca y ve la tele. Y la tele nos bombardea con la heroicidad de los futbolistas y las chorradas de Belén Esteban. Los niños que han vivido este mundial están marcados a fuego para el resto de sus vidas por la gloria de España. Algunos lo superaran pero la mayoría no, ¿y tu que vas a hacer Fede? ¿Tratar de convencerles a través de artículos donde les desprecies como basurilla?
La arrogante izquierda se permite despreciar a las masas y por eso las masas la desprecian. Se desprecia incluso a quien tiene instinto de clase obrera y de nación vasca por absurdos prejuicios anti-futboleros. El día del partido del Mallorca en el fondo norte de San Mamés se desplegó un banderón gigante por la repatriación de los presos. Al día siguiente Gara escribía como se había visto una pancarta pidiendo que el Mallorca pagase su deuda por Aduriz.
Tratando de ser objetivos podemos afirmar que la exhibición de españolismo en el Botxo , comparada a la mayoría de ciudades del estado, es anecdótica. Sin embargo la capacidad de este españolismo de mostrarse como algo moderno y heroico ha de ser contrarrestado con cosas mejores que arrogantes artículos de opinión. No aprendimos en la Eurocopa. A ver si aprendemos del Mundial y en vez de despreciar los instintos de las masas los trabajamos.
Corresponsal de Unaikistan en Afganistán.
Extraido de http://unaikistan.blogspot.com/